Columna de Opinión de Jair Miquel
El 2025 no pudo haber terminado de peor manera para México. El descarrilamiento del tren interoceánico, que hasta hoy ha cobrado la vida de 13 mexicanos, lo confirma de la forma más brutal.
Porque lo ocurrido no solo indigna: provoca rabia.
Porque hay indignaciones que no admiten matices. Matizar es inmoral cuando el sentimiento natural es la rabia.
Porque una cosa es cometer errores, improvisar, desviar recursos o gobernar mal. Todo eso es inaceptable y debería tener consecuencias políticas y penales. Pero cuando la negligencia del poder cobra vidas humanas, cuando el error del Estado mata, el problema deja de ser administrativo y se convierte en una injusticia. Y lo verdaderamente alarmante no es solo la tragedia, sino lo que viene después: nadie paga. No hay responsables, no hay consecuencias, no hay aprendizaje.
A tres años del inicio del Obradorato, Germán Martínez describió con precisión quirúrgica lo que estaba ocurriendo: las peores personas ocupaban los cargos públicos y de poder. A eso lo llamó caquistocracia. Pero lo que hoy vemos ya no se conjura únicamente en el gobierno de los peores. Ya no se trata solo de malas personas en posiciones de poder. Lo que hoy resalta, con absoluta claridad, es un modo de operación: forzar el discurso para acomodarlo a la realidad y así matizar la tragedia. Si Sinaloa arde, la culpa es de Estados Unidos por llevarse al Mayo. Si las cifras exhiben al gobierno más violento de la historia, se cambia la manera de contar a los muertos. Si los desaparecidos incomodan, se remueve al encargado y se maquillan los números. No se corrige el desastre: se administra el relato. Y así, tragedia tras tragedia, se reescribe la narrativa oficial.
Esto ya no es solamente caquistocracia. No es únicamente el gobierno de los peores. Es algo más profundo y más peligroso: la chapuzocracia. Un régimen donde gobernar mal no es una desviación, sino un método; donde la improvisación sustituye a la técnica, el discurso reemplaza a la planeación y la negligencia se normaliza como forma de poder. En la chapuzocracia no se previene el error ni se asume la responsabilidad. Se inaugura antes de tiempo, se corrige en silencio y se explica en voz alta. Cuando la realidad estorba, no se cambia la política pública: se ajusta el relato. Y cuando el error cobra vidas, la tragedia se administra como daño colateral. La tragedia criminal del tren interoceánico dibuja, de cuerpo completo, a la chapuzocracia.
Porque en el contexto del tren interoceánico todo apunta a la fatalidad. Pero no a la fatalidad ciega de una tragedia inesperada, sino a una fatalidad construida. A la consecuencia lógica de una cadena de decisiones tomadas desde la improvisación, la prisa y el desprecio por lo técnico. En esta lógica de gobierno, la tragedia no es el accidente excepcional: es el desenlace esperable. Operar antes de concluir y probar. Inaugurar antes de tener certeza. Presumir antes de garantizar. Nada de eso reduce riesgos; los acumula. Y cuando esos riesgos estallan, lo hacen contra la vida de mexicanos concretos.
Gobernar desde la chapuzocracia es gobernar sembrando fatalidades. No hace falta corrupción explícita ni mala intención declarada; basta con sustituir la planeación por narrativa y la prevención por propaganda. En ese contexto, el desastre no sorprende, porque estaba anunciado. El error no irrumpe: madura. Y cuando finalmente ocurre, el poder se refugia en el lenguaje del infortunio para ocultar que lo que se presenta como inevitable fue, en realidad, perfectamente evitable.
Mirar al futuro puede ser alienante, pero mirar al pasado obliga a entender, porque esta no es una tragedia inédita. El 3 de mayo de 2021, el colapso de la Línea 12 del Metro de la Ciudad de México dejó 26 mexicanos muertos. Entonces, la culpa fue de un perno: así de absurda, así de kafkiana. Eso es la chapuzocracia.
La pregunta lógica, entonces, es inevitable y tiene tres vértices: ¿cuántas tragedias ya están sembradas en el futuro de nuestro país? ¿Cuál va a ser la siguiente noticia que nos consterne como nación? ¿Cuánta rabia más podemos acumular?